EL ESTUDIO
EL ESTUDIO

David Foster Wallace, sobre aprender a pensar y el proceso para recuperar la empatía

25 octubre, 2016

 

libros_111749822_2873445_1706x1280

En 2005, David Foster Wallace (New York, 1962 – California, 2008) fue invitado a pronunciar un discurso en una ceremonia de graduación en la Universidad de Kenyon. Fue el primero y último discurso que dio de este estilo en su vida. (Pueden ver la charla completa al final del post)

La charla puede verse en youtube, pero también se ha publicado como libro y ya lo he recomendado en otra oportunidad. Aquí comparto algunos fragmentos que me gustaron mucho y me ayudaron a pensar sobre cosas que me preocupan, como la intolerancia y el deterioro en las relaciones humanas.

Su discurso comienza contando la historia de dos peces que se cruzan con un pez más viejo:

…“Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días chicos. ¿Cómo está el agua?

Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “Qué demonios es el agua?”

Y contínua de este modo…

“El sentido inmediato de la historia de los peces no es más que el hecho de que las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuestan de ver y las que más cuestan de explicar.

Es fácil someter esta historia a una especie de análisis estándar desde la óptica de las humanidades: la misma experiencia exacta puede querer decir cosas completamente distintas para dos personas distintas, dependiendo de los patrones de creencias de cada uno y de las formas distintas que tengan de construir el sentido a partir de la experiencia”.

 

Aprender a pensar: Elegir qué y cómo

“Saber pensar implica ser un poco menos arrogante, tener cierta “conciencia crítica” de mi mismo y de mis certidumbres… porque un gran porcentaje de las cosas de las que suelo estar automáticamente seguro resultan ser completamente erróneas y fruto del autoengaño.

Probablemente lo más peligroso que tiene la educación académica, por lo menos en mi caso, es que habilita mi tendencia a intelectualizar las cosas en exceso, a perderme en el pensamiento abstracto en lugar de prestar atención a lo que está pasando ante mí.

No me cabe duda de que a estas alturas ya os habréis dado cuenta de que resulta extremadamente difícil permanecer alerta y atento en lugar de dejarse hipnotizar por el monólogo constante que suena dentro de la cabeza de uno.

Lo de “aprender a pensar” en realidad quiere decir ejercer cierto control sobre cómo y qué piensa uno.

Quiere decir ser lo bastante consciente y estar lo bastante despierto como para elegir a qué prestas atención y para elegir cómo construyes el sentido a partir de la experiencia. “

 

Trascender de lo cotidiano

Alguna vez leí que las sociedades progresan de acuerdo a su capacidad de asumir desafíos cada vez más complejos. Por el contrario, la sensación que me invade es que nos cuesta horrores salir de los temas más triviales. Estamos estancados en las situaciones más cotidianas. Recordé esto al leer la reflexión que D.F. Wallace hace a continuación.

“Los atascos de tráfico y los pasillo abarrotados y las largas colas para llegar a la caja registradora me dan tiempo para pensar, y si no llevo a cabo una decisión consciente de cómo debo pensar y a qué debo prestar atención, voy a estar triste y cabreado cada vez que tenga que ir a comprar comida, porque mi configuración natural por defecto me dice que en esa clase de situaciones lo importante soy yo, mi hambre y mi cansancio y mis ganas de llegar de una vez a casa, y me va dar toda la impresión de que todos los demás me estorban ¿Y quién coño es toda esa gente que me estorba?”

“Si elijo pensar de esta manera, no pasa nada, lo hacemos muchos; pero es que pensar de esa manera suele ser tan fácil y automático que no hace falta que yo lo elija”

“Pensar de esta manera es mi configuración natural por defecto”….

…”Es cuando experimento de forma automática e inconsciente las partes aburridas, frustrantes y abarrotadas de la vida adulta cuando estoy funcionando bajo la creencia automática e inconsciente de que yo soy el centro del mundo y de que mis necesidades y sentimientos inmediatos son lo que deberían determinar las prioridades del mundo”…

“La cuestión” contínúa …”es que hay maneras de pensar obviamente distintas en esa clase de situaciones”.

Llegados a este punto, decido detener mis notas, quizás les interese saber cómo sigue su charla y desde luego no se sentirían defraudados si leyeran el libro o miraran la charla completa. Pero imagino que es mejor detenerse cuando intuyo que puedan estar algo absortos y sumergidos en sus propias conjeturas, como lo estoy yo en este momento. Creo que durante demasiado tiempo, hemos definido el hecho de pensar (algo que suele ser engorroso de hablar y siempre sacude el polvo a la menor susceptibilidad) como eso que sucede de forma vaga, ese subtexto lineal que nos acompaña constante, como una voz interna que es guión y eje de lo que decimos y de las decisiones que tomamos. Pero no veo que progresemos de acuerdo a ese prodigio que creemos habita en nuestra mente, más bien lo contrario. ¿Es tan duro y complicado, es tan humillante y vergonzoso, aceptar que quizás no seamos tan buenos pensadores como secretamente todos solemos creer? ¿Son el prejuicio y la intolerancia nuestra configuración natural por defecto? O solo una forma de pereza intelectual? Será que el esfuerzo lo ponemos más en ser políticamente correctos en vez de esforzarnos a pensar de otro modo, tarea siempre más angustiosa y que nos expone.

Si aprender a pensar implica reconfigurarnos, ponernos en duda, someternos a examen, no debemos esperar a que nos premien por eso, simplemente experimentar el placer de comprender mejor, de ver en los demás un espejo y no una amenaza.