EL ESTUDIO
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El arte de viajar, por R. L. Stevenson

16 noviembre, 2017

 

Robert Louis Stevenson nació el 13 de noviembre de 1850 en Edimburgo (Escocia). Su primer libro publicado fue “Un Viaje Al Continente” (1876), obra en la que relataba sus avatares en canoa junto a Walter Simpson en un trayecto que transcurría desde la ciudad belga de Antwerp hasta Pontoise.

Escribió un buen número de libros basados en sus múltiples viajes y vida bohemia, como “Viaje Tierra Adentro” (1878), o “Viajes En Burro Por Las Cevanness” (1879). Sus obras más importantes, grandes clásicos de la novela de aventuras, son “La Isla Del Tesoro” (1883), y “El Extraño Caso Del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” (1886)

En el libro “Viajar”, señala algunas claves sobre cómo ser un buen viajero para alejarse de la trivialidad de la vida cotidiana, o mejor aún, para convertirla en arte.

La naturaleza como decorado

“La mejor escuela de un amante de la naturaleza no se encuentra en uno de esos países que no provocan el efecto de un decorado, sino en un tranquilo espíritu de ordenada y armoniosa belleza que empapa todos los detalles de un modo tal, que podremos esperar, pacientes, cada uno de esos leves toques que hacen sonar en nuestro interior, todos a la vez, la nota que se oculta en el paisaje. Es en un escenario como este donde nos encontraremos con el estado de ánimo adecuado para buscar los detalles más insignificantes y remotos.”

Disfrutar también de los lugares “Feos”

“Disfrutar al máximo cualquier lugar que visitamos es asunto difícil, que depende en gran medida de nuestra propia capacidad, pues lo que se contempla de principio a fin acaba por mostrar su lado hermoso.

En esto, como en todo, son los conocimientos insignificantes y la dedicación continua y apasionada lo que forman al verdadero diletante. Un hombre tiene que haber pensado mucho en un escenario antes de disfrutar de él.

Toda pequeña gratificación debería degustarse despacio, como un bocado exquisito, y nosotros deberíamos estar siempre dispuestos a analizar y comparar para poder ofrecer  una explicación plausible a nuestras preferencias.”

La generosidad del camino

“El camino es un ser tan variado y ameno que le permitirá mantener la mente siempre ocupada. El viajero siente también que su estado de ánimo entra en comunión con el del camino que recorre: todos hemos visto senderos  que serpentean entre la arena de la costa y que transcurren pesados sobre las dunas, como una culebra aplastada. Aquí debemos avanzar  caminando despacio, con ritmo pesado y pasos lentos; y también habrá cierta comunión entre nuestro estado mental y la expresión de las curvas relajadas y nítidas del camino.”

El paso como fragmento literario

“El viajero construye un discurso para mantenerse en camino. Y en estos discursos va tejiendo algo de lo que ve, y de lo que sufre, en su andadura; toman sus tonalidad es del carácter cambiante del paisaje: un Ascenso pronunciado nos arranca reflexiones muy diferentes de las de un camino llano, y los caprichos del hombre se aligeran al salir de un bosque y entrar en un claro.”

Mirar es atrapar la velocidad de las cosas

“Una visión clara necesita unos pies rápidos. Si las vemos momentáneamente, al pasar, las cosas asentando a nuestros ojos con una perspectiva natural. Generalizamos con simpleza y valentía y nos marchamos antes de que se nuble, antes de que llueva, antes que cambie la luz.

Exponemos nuestras mentes al paisaje solo para ese instante en el que se fija el efecto. Y antes de que ese efecto pueda verse modificado, nos marchamos.”

Y la memoria que conecta los caminos

“Muchas veces, el carácter de un lugar queda perfectamente patente en las asociaciones que provoca. Un acontecimiento, cuando tiene lugar en un entorno propicio, echa raíces y crece hasta hacerse leyenda. Los actos feos, sobre todo si ocurren en sitios feos, tienen un componente auténticamente romántico y se convierten en propiedad perenne de su escenario.”