EL ESTUDIO
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Rituales creativos. Las rutinas cotidianas de los artistas (1/3)

3 julio, 2015

 

Ha llegado a mis manos este maravilloso libro de Mason Currey “Rituales cotidianos”, donde investiga y recopila las rutinas diarias de algunos de los artistas más importantes de la historia. Lo he leído con gran placer y me he tomado el dudoso permiso de transcribir algunos fragmentos para compartir con ustedes. Si les gusta, lo pueden conseguir fácilmente en cualquier librería.

Henri De Toulouse – Lautrec (1864-1901)
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Toulouse – Lautrec realizaba su labor creativa por las noches, dibujando en los cabarets o montando su caballete en los burdeles. Los retratos resultantes de su vida nocturna parisiense de fin de siècle le ganaron un nombre, pero el estilo de vida de los cabarets resultó desastroso para su salud: Toulouse – Lautrec bebía constantemente y apenas dormía. Tras una larga noche de dibujo y borrachera, se levantaba temprano para imprimir litografías, luego se iba a un café para almorzar, y de paso beber generosas cantidades de vino. De regreso en su estudio, echaba una siesta para contrarrestar los efectos del vino, luego pintaba hasta la caída de la tarde, cuando llegaba la hora del aperitivo. Si tenía visita, Toulouse – Lautrec preparaba orgullosamente unas cuantas rondas de sus infames cócteles; el artista estaba deslumbrado con la coctelería americana, que aún era novedad en francia por entonces y le gustaba inventar sus propios menjunjes, buscando no la complementariedad de los sabores sino una intensidad de los colores y una potencia extrema. (una de sus invenciones era el Rubor de la doncella, una combinación de ajenjo, mandarina, licor amargo, vino tinto y champagne. Buscaba la sensación, decía, de “una cola de pavorreal en la boca”). A esto seguía la cena, más vino, y otra noche de juerga etílica. “Espero haberme quemado antes de los cuarenta”, dijo Toulouse – Lautrec a un conocido. En realidad, solo llegó a los treinta y seis.

Samuel Beckett (1906-1989)

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En 1946, Beckett inició un período de intensa actividad creadora al que más tarde se referirá como el “asedio en el cuarto”. Durante los años subsiguientes produciría sus mejores obras: las novelas Molloy y Malone muere, y la pieza teatral que lo haría famoso Esperando a Godot. Paul Strathern describe la vida de Beckett durante el asedio:

Lo pasó principalmente en su cuarto, aislado del mundo, enfrentándose a sus propios demonios, intentando explorar los mecanismos de su mente. Su rutina era por lo general bastante simple. Se levantaba en las primeras horas de la tarde, se preparaba unos huevos revueltos, y se retiraba a su cuarto tantas horas como podía soportar. Luego salía a hacer su periplo nocturno por los bares de Montparnasse, bebiendo ingentes cantidades de vino tinto barato, y regresaba antes del amanecer para pasar largo rato intentando conciliar el sueño. Su vida entera giraba en torno a su casi obsesión por escribir.

El asedio comenzó con una revelación. Durante un paseo de madrugada cerca del puerto de Dublín, Beckett se hallaba al extremo de un muelle en medio de una tormenta de invierno. Entre los aullidos del viento y el batir de las olas, comprendió de súbito que la “oscuridad que se había esforzado por reducir” en su vida – y en su escritura, que hasta entonces no había logrado encontrar su público ni satisfacer sus propias aspiraciones – debía constituir, de hecho, la fuente de su inspiración creativa. “Siempre estaré deprimido – concluyó Beckett -, pero lo que me reconforta es darme cuenta de que ahora puedo aceptar este lado oscuro como el lado dominante de mi personalidad. Aceptándolo, lo haré trabajar para mi”.

Agatha Christie (1890 – 1976)

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En su autobiografía, Christie reconocía que aún después de haber escrito diez libros, realmente no se consideraba una “auténtica escritora”. Cuando en un impreso le preguntaban su ocupación, nunca se le ocurría poner otra que cosa que “ama de casa”. “Lo raro es que apenas recuerdo los libros que escribí justo después de mi boda – añadió -. Supongo que estaba disfrutando tanto la vida común y corriente que escribir era una tarea que realizaba en trances y raptos. Nunca tuve un lugar definido que fuese mi cuarto o donde me retirase especialmente a escribir”.

Esto le trajo infinitos problemas con los periodistas, que inevitablemente querían fotografiar a la autora sentada en su escritorio. Pero no existía tal lugar. “Lo único que necesitaba era una mesa firme y una máquina de escribir”. “Una mesa de lavabo cubierta de mármol era un buen lugar para escribir, la mesa del comedor entre una comida y otra también servía”.

Muchos amigos me han dicho: “Nunca sé en qué momento escribes tus libros, porque nunca te he visto escribiendo, ni siquiera te he visto irte a escribir”. Será que hago como los perros cuando se van con algún hueso; se retiran cautelosos y no los vuelves a ver durante media hora. Regresan tímidamente y con el hocico enfangado. Yo hago más o menos lo mismo. Me sentía levemente avergonzada cuando iba a escribir. Pero, una vez que me escapaba, cerraba la puerta y no dejaba que la gente me interrumpiera, entonces lograba avanzar a toda velocidad, completamente inmersa en lo que estaba haciendo”.

John Cheever (1912 – 1982)
 John Cheever at home in Ossining, New York, 1979. Photograph: Paul Hosefros/Getty Images

John Cheever at home in Ossining, New York, 1979. Photograph: Paul Hosefros/Getty Images

“Cuando era más joven – recordaba Cheever en 1978- me levantaba a las ocho, trabajaba hasta el mediodía, y luego descansaba, gritando, gritando de placer, más tarde, regresaba al trabajo y no paraba hasta las cinco; acababa enfadado, echaba un polvo, me iba a la cama, y volvía a hacer lo mismo al otro día”.

En el verano de 1945, cuando se fue a vivir con su esposa y su hijita a un apartamento en un noveno piso por la zona este de Manhattan, aquel Cheever de treinta y tres años adoptó una rutina un poco más formal. Como escribiera Blake Bailey en su biografía en 2009: “Casi todas las mañanas, durante los cinco años siguientes, se ponía su único traje y se montaba en el ascensor junto con otros hombres que iban para el trabajo; Cheever, sin embargo, descendía hasta los trasteros del sótano, donde se quitaba el traje y escribía en calzoncillos hasta el mediodía, luego volvía a vestirse y subía a almorzar”. Después de eso tenía el resto del día libre, y, a menudo llevaba a su hijita a dar largas caminatas por la ciudad, pasando con ella por el bar Menemsha de la calle cincuenta y siete si sentía ganas de darse un trago de camino a casa.

“Mi mejor hora es entre las cinco y las seis. Está oscuro. Unos pocos pájaros cantan. Me siento satisfecho y lleno de amor. Mis insatisfacciones comienzan a las siete, cuando la luz llena la habitación. No estoy listo para afrontar el día…es decir, para afrontarlo sobrio.

Debo convencerme de que escribir no es, para un hombre de mi naturaleza, una vocación autodestructiva. Yo pienso que no lo es y espero que no lo sea, pero no estoy verdaderamente seguro.”