EL ESTUDIO
EL ESTUDIO

Thinking in the rain. Lo que nos dejó el taller en el huerto.

17 junio, 2014

 

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A veces pienso en los antiguos exploradores, que viajando redibujaban los contornos de su mundo, un mundo cuyos límites eran desconocidos, un mundo misterioso e incierto que invitaba a la aventura.

Pienso en los exploradores con cierta nostalgia de algo que nunca viví pero puedo comprender. La idea de que todo ya esté descubierto me aplasta, que cada línea política determine dónde comienza y dónde termina cada continente, país, ciudad, barrio.

En cambio, ellos preparaban sus barcos, señalaban una dirección y allí iban, a pesar de las peores inclemencias del tiempo y las amenazas de naufragio, soñando con lugares mágicos y riquezas suntuosas.

Algo similar también me ocurre cuando pienso en la realidad y sus límites, y me pregunto si ya todo estará hecho, si hemos dejado de ser aventureros dispuestos a poner en duda lo que creemos y si el conocimiento ha dejado de ser una riqueza suntuosa.

En una de sus clases sobre literatura en la universidad de Berkeley, Cortázar admite que de pequeño le preocupaba pensar que su concepción de la realidad era distinta a la de sus amigos, no estaba tan seguro de distinguir sus límites, para él, realidad y ficción se mezclaban de las maneras más imprevistas.

Luego, años más tarde, concluyó que eran sus amigos quienes debían estar preocupados, para ellos la realidad era algo muy pequeñito, algo al servicio de un pensamiento racional y utilitario, algo a la medida de lo que los dedos pueden tocar o los ojos ver, algo así de minúsculo y previsible.

Para él, en cambio, la realidad era elástica, misteriosa, dulcemente engañosa y atrapante. Cortázar era un explorador cuyo barco era la hoja en blanco que surcaba los territorios de la realidad para hacerla más grande y maravillosa.

Quizás sea el pensamiento el nuevo territorio a expandir y conquistar. Quizás los pensadores  y artistas sean los nuevos aventureros y héroes contemporáneos.

El domingo pasado, 16 personas se han subido a nuestro barco en el Huerto de Fort Pienc, como navegantes audicionados en la taberna del barrio y sin saber qué destinos les aguardaban, han llegado con el optimismo de quien espera que algo increíble suceda.

Y si bien el viaje era compartido, cada cual tenía su rumbo propio, su itinerario personal por tierras nunca antes exploradas. Pudiéndolo ver todo por primera vez y aguardando poner allí su bandera, no les importó el viento que comenzó a soplar y mover las hojas de los árboles, que para entonces ya dibujaban sombras de velas, no les importó el vaivén de las mesas ni los mareos del aire de mar. Tampoco la lluvia fue capaz de interrumpir el viaje, la mirada estaba clavada en el horizonte y el horizonte era magnético.

Al volver, como en un ritual sin fuego y en una ronda imaginaria, nos contaron sus experiencias, no hacían falta fotos, ni mapas, porque todo estaba grabado allí, donde la mente aluniza y la realidad es infinita.

 

Lucas.

Comparto algunas fotos que tomamos el domingo.

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